Cuento de cuna

Emi se estaba preparando para dormir, aunque no tenía sueño. En lo de sus abuelos, la hora de acostarse era las diez de la noche, lo cual contrastaba con la hora de dormir en su casa, alrededor de la medianoche. Siempre traía consigo un libro para poder quedarse despierta leyendo hasta que el sueño viniera, pero esta vez se había olvidado de traer uno y los que había en los estantes de su abuelo no eran interesantes. Su abuelo era un hombre amable con quien le encantaba jugar al ajedrez, a quien le gustaba ayudar en el jardín y en cuyo regazo solía sentarse escuchando sus historias fantásticas. Él era un gran narrador y el mundo imaginario de Emi crecía de manera exponencial con cada cuento que le oía narrar.

Pero ese día su abuelo estaba resfriado y ya se había ido a dormir, así que pedirle que le narrara un cuento de cuna estaba fuera de cuestión. No le quedaba otra que recurrir a su abuela. Ahora bien, esta no era de ninguna manera una buena opción porque su abuela, aunque cocinaba como un chef y era muy generosa cuando se trataba de regalos, no era de ninguna manera una buena narradora de historias. Su abuela le leería encantada cualquier libro que trajera, pero no era capaz de crear una sola trama o de dar a luz a personajes imaginarios de una manera coherente. Cada vez que intentaba contarle un cuento de cuna, se perdía en la trama y mezclaba todos los personajes; sus héroes originales tendían a desaparecer como si tragados por la tierra a medida que la historia avanzaba y nuevos personajes tendían a ser creados de la nada, así que, al final del cuento, la historia de una princesa que quería ir a la luna terminaba siendo la historia de un marinero que demostraba que la Tierra era redonda. Incluso para una niña de seis años, estas lagunas de coherencia eran tan evidentes, y toda la historia era tan disonante e ilógica, que no podía dormir después de pensar en lo que le había sucedido a la princesa linda o en qué tenía que ver Colón en el asunto.

Pero Emi tenía un corazón generoso y no había nada más que hacer en lo de sus abuelos, ya que, como todas las personas de edad, no tenían computadoras y apagaban el televisor después de las 9 de la noche. Así que decidió dar a su abuela otra oportunidad para que pudiera redimir sus habilidades narrativas de dudosa reputación. Por lo tanto, cuando su abuela le dio el beso de las buenas noches, le dijo:

“Abuela, ¿podrías contarme un cuento de cuna?”

Su abuela quedó tan desorientada como si le hubieran pedido que apagara un incendio o ensamblara un auto. Sin embargo, después de varios segundos de vacilación, le dijo:

“Sólo una historia me viene a la mente en este momento, pero no creo que sea adecuada para una niña de tu edad.”

“¡Una niña de mi edad!”, exclamó Emi, molesta por esta flagrante falta de respeto a su madurez mental. “El abuelo me contó Anna Karenina y lo entendí todo, así que creo que no hay nada que no pueda entender ¡Soy una adulta!”, afirmó con verdadera convicción. Su abuela no pudo encontrar argumentos para disuadirla por lo que, después de maldecir mentalmente a su marido, comenzó a contar su historia:

“Una vez había un hombre”

“¿Cuál era su nombre?” Preguntó Emi, preocupada de que su abuela comenzara a mezclar todo de nuevo.

Mmmm, su nombre…” pensó por un momento su abuela “era Karol.”

¡Lo mismo que el abuelo!” Exclamó Emi con entusiasmo, y se rió por dentro al pensar que su abuela había dicho ese nombre probablemente sólo porque era fácil de recordar.

“Sí, entonces Karol era un hombre joven que estaba visitando unos viejos amigos en su ciudad natal. A pesar de que él era originalmente de Konin, se había casado recientemente con una chica linda y vivían juntos en un pequeño departamento en el centro de Poznań. Sus amigos eran un matrimonio treinta años mayor que él; habían sido muy buenos amigos de sus padres y, después de que ellos murieron, se habían convertido en su único vínculo con su ciudad natal. Eran muy apegados a él, por lo que, cada vez que iba a Konin, tenía un lugar asegurado en su casa.

Tenían una hija de quince años llamada Basia, que ya era casi una mujer en ese momento. Basia era muy tímida, pero su timidez traicionaba una pasión oculta en vez de un miedo a la gente. Era una chica alta, delgada, con ojos color miel, y nadie que la hubiera visto habría negado que Dios existía y que la había modelado con sus propias manos. Karol era un hombre cariñoso, así que besó y abrazó a sus amigos, pero no pudo acercarse a Basia, por lo que tuvo que saludarla de lejos cuando llegó a la casa, a lo que ella respondió con el mismo gesto. Durante la mañana y la tarde de ese mismo día, que era un sábado, Karol habló con sus amigos para ponerse al día con ellos, comió su comida deliciosa y leyó un libro que había traído consigo. Basia estaba siempre alrededor, sea escuchando música, leyendo un libro o jugando con el perro en el patio. Ella parecía ser totalmente indiferente al hecho de que había un invitado. “La nueva generación”, pensó Karol, que esperaba que sus propios hijos se comportaran de una forma menos autista. Por un momento pensó en su joven esposa y en que lo sentía mucho que todavía no habían tenido un hijo.

Por la noche, su amigo lo invitó a beber una botella de Cytrynowka que había reservado para una buena ocasión. Karol era un poco playo por lo que se emborrachó mucho antes que su compañero de copas. La velada se terminó a las dos de la mañana porque su amigo se durmió en el sofá mientras hablaban. La casa estaba en silencio y a oscuras, debido a que las chicas se habían ido a dormir horas antes, por lo que Karol fue a tientas hasta su habitación. No quiso encender las luces por temor a que le irritaran los ojos hipersensibilizados por el alcohol. Sin embargo, pudo ver la silueta de su cama gracias a la luz de la luna que entraba por la ventana. Justo cuando se metió con la ropa puesta en la cama, se dio cuenta de un cuerpo tibio a su lado. Tornó la cabeza atónito; era Basia debajo de las sábanas. Por un momento pensó que se había equivocado de habitación y se sintió totalmente avergonzado, pero en seguida vio sus pertenencias sobre la mesa, donde las había dejado esa misma mañana. Entonces pensó que tal vez ella no sabía que él estaría durmiendo allí, por lo que se levantó para salir de la habitación e ir a dormir en la sala de estar, cuando de repente oyó un susurro: “Por favor, no te vayas.” Se quedó paralizado por el miedo durante varios segundos. Toda su sangre se había precipitado a sus sienes y estaba asustado de lo que era capaz de hacer si se quedaba. “Necesito irme; no me puedo quedarme aquí”, dijo, y sintió una punzada de culpa por lo que acababa de decir, porque implicaba que quería quedarse. Ella había sabido que él no iba a salir de la habitación; lo había sabido desde el momento en que él posó sus ojos en ella esa mañana. Se sentó en la cama, mostrando su pálida desnudez, y lo desnudó delicadamente pero con firmeza, primero su camisa, siguiendo por sus pantalones y terminando por sus medias. Él no se movió, evadiendo su culpabilidad mediante la convicción de que él no estaba haciendo nada, que estaba demasiado borracho y que esta chica finalmente se daría cuenta de que lo que estaba haciendo no era apropiado y se detendría. Pero no lo hizo. Después de desnudarlo, se sacó la ropa interior y se metió en la cama de nuevo. Lo último que él sintió conscientemente fue un cuerpo cálido abrazado al suyo antes de perder el control de sí mismo.

A la mañana siguiente, cuando se despertó, ella ya no estaba allí. Tardó una hora en juntar valor para levantarse y otra hora para subyugar el temor que lo vencía cada vez que trataba de ir a la cocina y mirar sus amigos a los ojos. Sin embargo, después de intercambiar buenos días con ellos, todo se hizo más fácil. Lo trataron de la misma manera en que lo habían tratado el día anterior y ésto lo convenció de que la vida seguiría en la forma habitual y que la noche anterior había sido sólo una excepción extraordinaria. “Día nuevo, vida nueva,” dijo en voz alta, y sus anfitriones se rieron alegremente, sin comprender todo el significado de la frase. Por el resto del día, no vio a Basia en ninguna parte. Este hecho lo asustó un poco, pero también lo alivió. Tenía la extraña idea de que si nada salía a la luz ese día, todo iba a ser enterrado y olvidado para siempre. Por la tarde, como estaba previsto, se despidió de sus amigos y condujo su auto de regreso a casa. No pudo dejar de pensar en Basia durante todo el trayecto; estaba preocupado de que su esposa algún día se enterara de lo que había sucedido; pero no, no era eso lo que más le preocupaba. Tenía miedo de sí mismo; le asustaba el hecho que no podía reconocerse en las acciones de la noche anterior. “No era yo”, pensó. Una idea comenzó a penetrar su mente: “Tal vez todo fue un sueño, un sueño muy vívido. Después de todo, tengo una gran imaginación y estaba muy borracho. Definitivamente no era yo la noche anterior; nunca me comportaría de esa manera, excepto en sueños. “Esta idea calmó su conciencia y en el momento en que llegó a su casa, se alegró simplemente de ver a su esposa de nuevo.

Ella estaba haciendo la cena y se había quedado sin pimienta, que añadía sin falta a cada comida, por lo que le pidió que fuera a la tienda más cercana. Él estaba dispuesto a cumplir con no importa que pedido que le hiciera, pero al parecer no podía encontrar las llaves. “Lleva las mías,” dijo ella y le dio un beso con sus labios finos. De repente él se acordó del beso apasionado de una boca carnosa de color rojizo, y maldijo su mente por jugarle una mala pasada. Bajó las escaleras y más imágenes le vinieron a la mente, como si la niebla que las cubría se estuviera aclarando poco a poco. Tomó la pimienta de un estante del mercado, mientras que dos piernas delgadas pero musculosas se entrelazaban a su cintura. Pagó en la caja mientras que dos brazos flacos pero fuertes lo tiraban hacia ellos. Subió las escaleras mientras que ondas de pelo largo caían en cascada sobre su rostro. Cuando llegó a la cocina, estaba emocionalmente agotado. No podía reprimir sus sentimientos por más tiempo. Tenía que decirle, no importa lo que pasara; de lo contrario se volvería loco. Su mujer no estaba allí, así que fue a la habitación. Allí la encontró, con un vestido diferente y de espaldas hacia él. Pero un segundo le bastó para darse cuenta de que no era ella, que no era su pelo, sus caderas o sus piernas; era … ella.

Basia se dio vuelta y le dijo “No te preocupes por ella; no va a meterse nunca más entre nosotros.”

Él no tenía fuerzas para pedirle detalles. Todo era una pesadilla, así que hizo lo que cada uno hace en las pesadillas: se escapó. Buscó en la otra habitación; estaba vacía. Después en el baño, y allí estaba su esposa, en la bañera, cubierta de sangre.

“Creo que estoy embarazada de tí. Puedo sentirlo,” dijo Basia atrás suyo. Nueve meses después nació tu madre,” dijo la abuela concluyendo su historia.

Emi no había parpadeado durante toda la historia. “Pero … tu nombre no es Basia,” dijo. “Eres abuela Helena.” Y miró con incredulidad a su abuela mientras la vio salir de la habitación. Después de unos minutos la abuela regresó con un pedazo de papel viejo. Era como un pequeño cuaderno de notas, que entregó a Emi.

“Este es mi viejo documento,” dijo simplemente. “Después de la historia que te conté, tuve que cambiar mi nombre. Por supuesto, nadie debe saber sobre esto. Espero que sepas mantener el secreto.”

“Por supuesto, abuela,” dijo Emi, contenta de que le dieran un secreto para mantener. “Buenas noches, abuela … H-e-l-e-n-a, dijo,” dejando claro que nunca pronunciaría el otro nombre de su abuela, mientras le entregaba de nuevo la prueba de su verdadera identidad.

“Buenas noches querida,” dijo la abuela y la besó en las mejillas.

“¡Esa sí que es una buena historia!” Dijo Emi a sí misma mientras se tapaba con las sábanas y, por toda la noche, durmió como un ángel.

soyjuanma86

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